“Había algo que apenas cambiaba a lo largo de los milenios. Los militares. Seguían usando los mismos uniformes que durante las primeras exploraciones fuera del sistema de origen, hace más de setecientos años. Y sus estrategias tampoco habían mejorado. Seguían buscando solamente un arma mejor para atravesar los escudos enemigos y una defensa para protegerse de esas mismas armas. Una carrera imparable hacia la destrucción. Pero dada la inmensa cantidad de razas implicadas, ésta era una carrera que no parecía tener fin. Aunque mundos enteros cayeran desintegrados bajo una poderosa arma, pronto surgía algún otro que destruía al primero, y así indefinidamente, hasta que tarde o temprano las armas eran destruidas o quedaban sepultadas y olvidadas para, quizá, ser descubiertas unos años más tarde por alguna empresa minera, y vuelta a empezar.”
La luz de las Pléyades III